MUSEOS
Eduardo Pineda
El Museo Nacional de las Culturas del mundo ocupa el edificio donde nació la exhibición del patrimonio en México y es uno de los cinco museos nacionales del Instituto Nacional de Antropología e Historia. El único museo en el que se muestran objetos de origen internacional reunidos en función de diferentes formas de vida, valores, costumbres y creencias que nos ayudan a comprender la diversidad cultural, más que por su belleza o por su valor histórico.
Al hablar de etnias y culturas del mundo es imprescindible definir ambos conceptos. La cultura como las formas aprendidas y compartidas de conducta humana, como los rituales o los conocimientos tradicionales, que se transmiten de generación en generación y que incluye los resultados materiales de esta conducta: los objetos. Por su parte, etnia, como grupo social cuyos integrantes se identifican entre sí sobre la base de un origen común y ciertos rasgos compartidos, como la lengua, la religión y las tradiciones. Según el sociólogo británico y fundador del campo de estudios del etnosimbolismo, Anthony D. Smith (1939-2016), las etnias se deben comprender como “poblaciones humanas que comparten unos mitos sobre la ascendencia, unas historias, unas culturas, que se asocian con un territorio específico y tienen un sentimiento de solidaridad”.
A lo largo de la historia, las etnias han sido subvaloradas e invisibilizadas cuando ciertos grupos de poder explotan sus territorios y a sus habitantes, cuando la hegemonía global descalifica aquello que no se alinea a las políticas de consumo, vanidad, generación de riqueza y globalización. Así, en los últimos 160 años, el sistema capitalista ha arrasado con prácticamente todas las etnias del mundo dejándolas como simples datos curiosos y tildándolas de “historia”; sin embargo, los sobrevivientes de las etnias aún alzan la voz y nos reclaman: “mírenos, estamos aquí, no somos historia, somos raíz y en presente existimos”.
En nuestro país tenemos un claro ejemplo de la resistencia que debiera privar en las etnias del mundo, lo hallamos en los movimientos indígenas del sur de México que, como herencia de las luchas previas de la sierra de Guerrero, hoy aún en el ya bien entrado siglo XXI siguen discursando en un proceso de reflexión y organización de los pueblos que las conforman con palabras parecidas a estas:
Para nosotros, pueblos indios de México, de América y del Mundo, la tierra es la madre, la vida, la memoria y el reposo de nuestros anteriores, la casa de nuestra cultura y nuestro modo. La tierra es nuestra identidad. En ella, por ella y para ella somos. Sin ella morimos, aunque vivamos todavía. La tierra para nosotros no es sólo el suelo que pisamos, sembramos y sobre el cual crecen nuestros descendientes. La tierra es también el aire que, hecho viento, baja y sube por nuestras montañas; el agua que los manantiales, ríos, lagunas y lluvias vida se hacen en nuestras siembras; los árboles y bosques que fruto y sombra nacen; los pájaros que bailan en el viento y en las ramas cantan; los animales que con nosotros crecen, viven y alimentan. La tierra es todo lo que vivimos y morimos. La tierra para nosotros no es una mercancía, de la misma forma que no son mercancías los seres humanos ni los recuerdos ni los saludos que damos y recibimos de nuestros muertos. La tierra no nos pertenece, pertenecemos a ella.
Nosotros somos guerreros. No para vencer y subyugar al diferente, al que otro lugar habita, al que otro modo tiene. Somos guerreros para defender la tierra, nuestra madre, nuestra vida. Para nosotros ésta es la batalla final. Si la tierra muere, morimos nosotros. No hay mañana sin la tierra. El que quiere destruir la tierra es todo un sistema. Ése es el enemigo a vencer. “Capitalismo” se llama el enemigo. Nosotros pensamos que no es posible triunfar en esta batalla si no nos acompañamos en la lucha con los otros pueblos que son, como nosotros, el color que somos de la tierra, si no luchamos junto a los otros que otros colores, tiempos y modos tienen, pero les duelen los mismos dolores.
Es la hora. Ni al árbol ni al bosque. Nosotros como indígenas y herederos de las etnias de México que somos, para entender y saber qué hacer, miramos hacia abajo. No en señal de humildad, no para rendir nuestra dignidad, sino para leer y aprender lo que no se ha escrito, para lo que no hay palabras sino sentimientos, para ver en la tierra las raíces que sostienen, allá en lo alto, a las estrellas.
