Educarse ilustra 

Éricka E. Méndez Ortega 

 

 

Así eran, antaño, los pleitos entre alumnos. Se enojaban dentro de la escuela, ya fuera en el patio o en su salón, se hacían de palabras y se retaban para verse a la salida.  

El siguiente poemita del argentino Antonio A. Gil lo refleja muy bien: 

“Se encontraron en la plaza / por primera vez, y ya / como viejos conocidos/ comenzaron a jugar; / y por una bagatela/ se pegaron sin piedad.  

“Terminada la contienda / cada cual se fue a su hogar, / incubando la venganza/ más terrible y ejemplar; / y al hallarse, al otro día, / … ¡se pusieron a jugar!” 

Así eran los choques entre alumnos. Pleitos pasajeros, propios de la edad de las aventuras y las rivalidades (en niños y adolescentes), pero donde había caballerosidad, y tras los cuales volvían a ser buenos compañeros y amigos. 

Las cosas hoy han cambiado en las escuelas. No sólo se ha exacerbado la violencia, pues los pleitos entre alumnos derivados del “bullying” o de las rivalidades, han pasado de unos puñetazos entre varones o jalones de cabello entre las chicas, al uso de armas punzocortantes, cuando no de fuego. 

Y si esto no bastara, suele darse la intervención de los padres de familias, quienes lejos de meter paz, acrecientan los enfrentamientos llevándose el pleito a sus casas, para que se generen incluso pleitos entre familias. De paso, echándoles la culpa a los docentes, por ser “incapaces” de poner orden. 

Qué triste que éstas sean ahora las formas en que la mayoría de los alumnos se relacionan o se enfrentan, lo cual no habla nada bien de la forma en que se está trabajando le educación. 

¿Qué se puede hacer para que en las instituciones educativas haya paz y sana convivencia entre los alumnos? 

¿Será que con pláticas de “expertos” en conducta o en valores se pueda resolver? Por lo visto, no, pues ésta ha sido una práctica recurrente, ya que con frecuencia se invita a profesionales en estos temas para que expongan sus puntos de vista a los alumnos y dialoguen con éstos, y las cosas siguen de mal en peor. 

Hay sin embargo una solución, al menos parcial: la lectura. Sí, porque la lectura de buenas historias sensibiliza. Un ejemplo de libros que podrían ayudar es “Las aventuras de Tom Sawyer”, de Mark Twain, una novela que muestra a un niño inquieto y travieso, y hasta diríase maldadoso, pero que al fin de cuentas trasmite algo de amor y de ética. O la novela de José Emilio Pacheco “Las batallas en el desierto”, que trata de los recuerdos de alguien que en su infancia escolar convivió con otro niño, sólo que japonés, al cual los malosos del salón, liderados por un niño de mayor edad, le hacen “bullying” y hasta lo maltratan, validos de que ni siquiera habla español.  El japonesito resiste las burlas y se dedica a estudiar y a aprender nuestro idioma. Al final del curso concluye como el mejor estudiante, y en una última lección, cuando los que lo fastidiaban se le enfrentan, le pone una golpiza al líder, tras lo cual nadie vuelve a meterse con él, y todo concluye en paz. Y es que el japonesito era karateca, pero sabía que el karate no era para agredir sino para defenderse. 

Escenas de este tipo, frecuentes en buenos libros, pueden contribuir sin duda a sensibilizar a los niños y adolescentes a fin de que superen la tentación de la violencia y la cambien por una comprensión que los lleve a ser alumnos tranquilos y quizás pacíficos.