Laurence Le Bouhellec
Etnias es un término tan cargado de valores como lo son los de nación, nacionalismo o nacionalidad, por ejemplo. En los siglos pasados, los nacionalismos provocaron reivindicaciones muy puntuales por parte de ciertas poblaciones, desembocando a menudo en revoluciones y guerras y, eventualmente también, en procesos de “limpieza” o “purificación étnica”. No es solamente a causa de acontecimientos como la guerra de Bosnia (1992-1995), el genocidio en Ruanda (abril-julio 1994) y más recientemente el conflicto israelí-palestino (de octubre 2023 a la fecha) que aquellos problemas se vuelven candentes. La potencia de la problemática radica en el hecho de quedar asociada con la legitimidad política y de saber quién ejerce o no el poder, quién controla o no el territorio, quién puede o no imponer su voluntad a los demás. Por ende, la reflexión sobre las etnias no puede quedar aislada de los cambios asumidos en la reciente teoría política occidental y, en particular, de las consecuencias de la idea de soberanía de la nación nacida con la Revolución Francesa a finales del siglo XVIII, ampliamente difundida y aceptada, primero, en el continente europeo y, posteriormente, más allá de sus fronteras. Dicho suceso permite entender por qué, si la existencia de las etnias es probablemente casi tan antigua como la existencia de la misma humanidad, ya que está arraigada en el reconocimiento y valoración de las diferencias necesarias entre culturas y lenguas en las que se fragua su identidad, es solamente a partir de finales del siglo XIX que el término empieza a cobrar el sentido y fuerza que le solemos reconocer hoy en día y que después de la Segunda Guerra Mundial deja de pertenecer a la terminología especializada de sociólogos, antropólogos o teóricos políticos para integrarse al vocabulario común.
De manera general, en la literatura de referencia, se considera que las comunidades humanas se distinguen a partir de las siguientes dos características: primera, compartir una cultura común fundamentada en una lengua y/o religión, un modo de vida y un determinado sistema de valores; segunda, tener conciencia de poseer un pasado común y desear seguir a futuro con estos mismos rasgos. Sin el menor problema, aquellas comunidades pueden ser calificadas como etnias, pero no como naciones. ¿La diferencia?: la etnia carece, casi siempre, de expresión política. Con la Revolución Francesa, el culto a la nación, la nación política, ha introducido en política una innovación fundamental que el tercer artículo de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano promulgada en 1789, expresa en los siguientes términos: “El principio de toda soberanía reside esencialmente en la Nación. Ningún cuerpo, ningún individuo puede ejercer autoridad que no emane expresamente de ella.” Así que, a partir de este momento, se introduce un nuevo principio de legitimidad política, relegando a los archivos de la Historia la soberanía monárquica divina. Ahora bien, considerando que existen alrededor de siete mil lenguas habladas actualmente en nuestro mundo, entonces, potencialmente, alrededor de siete mil culturas, difícilmente se puede asumir que todas ellas se puedan constituir en naciones políticas. De ahí que una nación requiere de la colaboración política de varias etnias para existir, una especie de “contrato social” en palabras del filósofo suizo Jean-Jacques Rousseau cuyo tratado homónimo data de 1762.
Sin embargo, por el simple hecho que el nacionalismo es, esencialmente, un principio político que se fundamenta en la afirmación de que la unidad política y la unidad nacional deben ser absolutamente congruentes, cuando el Estado desea que sus fronteras estatales coincidan con fronteras étnicas, el peligro acecha de manera inmediata y, cuando se concreta, da paso a la llamada “limpieza” o “purificación étnica”. La fórmula, que surge a nivel internacional a la par de la desaparición de la ex Yugoslavia (1991) y, de manera más específica, acompaña los acontecimientos de la guerra en Bosnia (1992-1995), designa exacciones de gran envergadura cometidas en contra de poblaciones civiles. Si la fórmula se ha vuelto viral en el siglo XX, sin embargo, se puede marcar su punto de origen en la exacerbación de los nacionalismos europeos en el siglo XIX, muy cómodos a la hora de hablar de sus pretensiones políticas y sentarlas en términos de “pureza” o “purificación”, siendo uno de los mayores referentes contemporáneos el discurso nacional-socialista del gobierno de Adolf Hitler (1933-1945). La “limpieza” con vista a la “purificación” se caracteriza por una transformación radical de la población de determinados territorios. De facto, si bien “limpieza étnica” y genocidio pueden puntualmente coincidir en sus consecuencias a corto plazo, las acciones encarriladas al genocidio apuntan a la eliminación radical de una parte específica de la población, mientras que la “limpieza étnica” se aboca a la modificación violenta de la población de un determinado territorio considerada indeseable a partir de un cierto momento y, si no eliminada, por lo menos, desplazada. Lo sucedido con la política de ICE, desde el 2025, bajo la administración de Donald Trump en Estados Unidos, nos demuestra también que la “limpieza étnica” puede asemejarse a una política de control social más que del territorio.
Desde su posicionamiento en la terminología especializada para pensar lo socio-político a partir del siglo XIX, etnias -con énfasis voluntario en el plural de la palabra- nos interpela para aprehender la pluralidad y complejidad en nuestras sociedades contemporáneas, caracterizadas cada vez más por la presencia de poblaciones migrantes o desplazadas. ¿Estamos listos para aceptar sin rechinar todo tipo de cambios, mezclas, yuxtaposiciones, hibridaciones, etc., en nuestros entornos lingüísticos, sociales, culturales, religiosos, etc.? Me parece que muchas de nuestras herramientas intelectuales formateadas por plataformas epistemológicas ya caducas, no nos permiten integrarnos con la satisfacción requerida en la cotidianeidad de nuestras realidades contemporáneas. “Un buen hombre es un hombre mezclado” decía el filósofo y humanista francés Michel de Montaigne, en el siglo XVI. Quizá, en lugar de quedar obsesionados por la problemática de la identidad o de las fronteras, lo que nos hace falta es, simplemente, volver a pensar y pensarnos desde los más elementales principios de la antigua sabiduría.
