Luis Antonio Godina Herrera
Me es difícil imaginar un lugar más hermoso que una biblioteca. Su silencio, sus mesas de trabajo, la gente leyendo, las páginas de los libros con ese peculiar sonido al pasar de una a otra, sonido del que carecen (aunque pretendan imitarlo) los libros digitales. Su aroma. En un mundo cerrado como lo es una biblioteca, se puede, vaya paradoja, descubrir el universo entero. Porque eso es leer. Trasladarse de un mundo a otro, de un universo a otro, de un sentimiento a otro; como bien dice Jorge Luis Borges, el libro es otra cosa: “el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación.” Las bibliotecas potencian esa definición y la llevan al infinito.
El mismo Borges afirma que Shaw en César y Cleopatra concibe a la biblioteca de Alejandría como la “memoria de la humanidad”. Al respecto, Irene Vallejo, en El Infinito en un junco, dice:
La Biblioteca de Alejandría era una enciclopedia mágica que congregó el saber y las ficciones de la Antigüedad para impedir su dispersión y su pérdida. Pero también fue concebida como un espacio nuevo, del cual partirían las rutas hacia el futuro.
Las bibliotecas anteriores eran privadas y estaban especializadas en las materias útiles para sus dueños. Incluso las que pertenecían a escuelas o grupos profesionales amplios eran solo un instrumento al servicio de sus necesidades particulares. La antecesora que más se le aproximó —la biblioteca de Asurbanipal en Nínive, al norte del actual Irak— se destinaba al uso del rey.
No en balde esa biblioteca es una de las maravillas del mundo antiguo y ya fue reabierta en este siglo. Pasar de lo privado a lo público. A los espacios públicos para gozar del acceso a los libros. Recuerdo con especial cariño la biblioteca del Centro Escolar Niños Héroes de Chapultepec, mi escuela en la ciudad de Puebla; la Benjamín Frankilin. Y por supuesto, la Palafoxiana, ejemplo y honra para Puebla y México. Pisar esta biblioteca es ya por sí misma una experiencia. El saber concentrado en páginas añejas. El saber compartido y guardado. La gran obra de Vasconcelos, Yáñez o Torres Bodet se inspiró sin duda en Palafox y Mendoza.
Los libros liberados del yugo privado para ser parte de una sociedad activa. Así ha sido la evolución del almacenamiento de los libros. Del incunable al libro de bolsillo. La posibilidad de acceder al conocimiento a pesar de estar en un rincón apartado del estado o del país. Ésa es la tarea, por ejemplo, de las bibliotecas públicas.
Regreso a Borges para compartir algunos versos de su Poema de los dones, uno de los grandes homenajes a los libros y a sus guardianes: las bibliotecas. Nos dice Borges.
Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.
De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz, que sólo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden
las albas a su afán. En vano el día
les prodiga sus libros infinitos,
arduos como los arduos manuscritos
que perecieron en Alejandría.
…
Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.
No hay manera más bella de describir ese mundo, ese universo. El paraíso en forma de libro, un libro vivo que no descansa, que siempre es leído, que siempre es añorado. Nunca se termina de visitar una biblioteca, nunca se termina de leer un libro. La de Trinity College, en Dublín, una de las más importantes del mundo, te recibe con ese verso de Borges. No hay mejor manera de imaginar el paraíso.
