Luis Antonio Godina Herrera 

 

 

Quizá podría resultar impropio de la etiqueta poética hablar o escribir sobre bebidas espirituosas, sobre todo ahora que prácticamente su difusión por cualquier medio está proscrita. Pero es imposible no apreciar lo que se ha escrito sobre el vino, por ejemplo, el soneto que sobre él nos regaló Jorge Luis Borges: 

 

Con otoños de oro lo inventaron.  

El vino fluye rojo a lo largo de las generaciones 

como el río del tiempo y en el arduo camino 

nos prodiga su música, su fuego y sus leones. 

 

Con esa base es posible explorar aquí algo de lo que se ha dicho sobre nuestro tequila y nuestro mezcal, ajenos al vino en cuanto a origen, pero no tan lejanos en cuanto a sus efectos y afectos. Parto para ello de lo dicho por Joaquín Sabina, quien escribió en su canción Por el Bulevar de los sueños rotos: “Las amarguras no son amargas, cuando las canta Chavela Vargas, y las escribe un tal José Alfredo”, y es de este último de quien rescato alguno de sus versos; alguien le llamó el “poeta del pueblo”. Algunas de sus composiciones se ubican, a mi entender, en el rango de la poesía, en la esfera del amor y de la amargura, por ejemplo, en Ella: 

 

Quise hallar el olvido al estilo Jalisco,
pero aquellos mariachis 

 y aquel tequila me hicieron llorar. 

 

Tu recuerdo y yo es un homenaje a la nostalgia que provoca el amor; oigan: 

 

Estoy en el rincón de una cantina,
oyendo una canción que yo pedí.
Me están sirviendo ahorita mi tequila,
ya va mi pensamiento rumbo a ti. 

 

Y para concluir este repaso, no podía faltar compartirles un par de estrofas de En el último trago: 

Tómate esta botella conmigo 

Y en el último trago nos vamos. 

Quiero ver a qué sabe tu olvido 

Sin poner en mis ojos tus manos. 

 

Nada me han enseñado los años. 

Siempre caigo en los mismos errores, 

otra vez a brindar con extraños 

y a llorar por los mismos dolores 

 

La novela de la revolución mexicana es rica en cuanto a referencias al licor para entrar al combate. Mariano Azuela en Los de abajo nos dice: “Un trago de mezcal raspa la garganta, pero limpia la mirada para apuntar bien el fusil. En la hoguera de la noche, el jarro pasa de mano en mano y despierta los cantos que el miedo quiere callar.” Por tanto, no puede faltar en la colección de la poesía popular revolucionaria lo que La Cucaracha nos dice: 

La cucaracha, la cucaracha,
ya no puede caminar;
porque no tiene, porque le falta
marihuana que fumar…
Y un buen trago de mezcal
para ponerse a bailar. 

También es necesario integrar el brindis popular al mezcal: 

Para todo mal, un mezcal, 

y para todo bien, también. 

Y si no hay remedio, 

¡litro y medio! 

 

Puede parecer inapropiado o jocoso, pero refleja parte de lo que nos da identidad como nación, y en el caso del mezcal, también como estado, ya que Puebla es un importante productor de este líquido. Al respecto, Álvaro Mutis escribió una de las descripciones más bellas, más poéticas sobre el tequila; disfrutemos: 

 

El tequila es una pálida llama que atraviesa los muros 

y vuela sobre los tejados como alivio a la desesperanza. 

El tequila no es para los hombres de mar 

porque empaña los instrumentos de navegación 

no obedece a las tácitas órdenes del agua… 

Así es el tequila y así ha de acompañarnos 

hasta el silencio del que nadie regresa. 

Alabado sea, pues, hasta el final de nuestros días 

y alabada su cotidiana diligencia para negar ese término. 

 

Finalmente, el gran poeta mexicano Vicente Quirarte nos dice sobre el tequila: “Obsequia al buen devoto un collar de perlas que forma un círculo perfecto”. Y agrega: “El tequila se hizo para el paladeo de los justos y para el embrutecimiento de quienes lo toman sin darse cuenta de lo que beben.” 

Tequila y mezcal son un binomio que forma parte de la mexicanidad. Su abuso nos lleva al abismo; su uso nos da alegría, alivia la nostalgia; con ellos, las penas de amor se hacen más soportables.