Luis Antonio Godina Herrera 

 

yo, que me figuraba el Paraíso  

bajo la especie de una biblioteca. 

Jorge Luis Borges 

 

La poesía ha sido una silente compañera de mi vida. Mi padre me inculcó el amor (así debo llamarle) a la poesía. Él de hecho fue poeta. En mi caso la musa nunca me tocó. Soy un aficionado a leer y gozar de quien escribe la poesía y sobre poesía. 

Cuando hace unos años me invitó Mario Montero a escribir sobre el tema, mi primera respuesta fue: “no soy experto”, disfruto leerla, pero docto no soy. Por eso mismo quiero que escribas en Sibarita –me dijo-. Desde entonces comparto diferentes poemas con quien quiera leerlos, sin ninguna escuela o pretensión de “saber” o ser un “conocedor”. En un diálogo entre Borges y Paz coincidieron en que la poesía debe escucharse, y Borges mismo recomienda que la Divina Comedia se lea como si fuéramos niños, que se goce sin límite cada línea poética. 

A eso he dedicado una buena parte de mis lecturas y en alguna época hasta me animaba a decir versos en público (contrario a lo que deseaba León Felipe en relación con la declamación), pero la poesía debe decirse y sentirse. Cuando decimos, por ejemplo: “Fuensanta dame todas las lágrimas del mar…” nuestra mente puede imaginar al mar llorando lo que representa una figura monumental. Octavio Paz, por su parte, en Árbol Adentro, nos deja atónitos al describirse así: “Allá adentro en mi frente el árbol habla, acércate, ¿lo oyes?” Un árbol que nos habla, que toma vida, cuyas raíces son venas y nervios sus ramas, dice Paz. 

La poesía surge con la mente humana, nos dicen que primero fue la rima y luego la prosa; el ritmo al hablar tiene que ver necesariamente con la métrica invisible del poema. Quizá no sepa escandir un verso, pero ¿eso importa? O es mucho más relevante leer en voz alta: “Me gustas cuando callas porque estás como ausente”, en ese simple arreglo de palabras Pablo Neruda nos permite, al mismo tiempo, a soñar, amar y odiar al ser amado. Amar el silencio y odiar la ausencia. Cuántas sílabas tiene es irrelevante. 

Como parte de la civilización hagamos nuestra la poesía. Nunca será tarde para hacerlo. Leamos poesía. Porque al final la poesía es eso: poesía. Se manifiesta de manera prístina cuando Sabines afirma que la luna debe tomarse como una medicina en dosis precisas y controladas. Después de leer estas palabras no es posible seguir mirando igual a nuestro satélite natural. Hagamos a la poesía nuestra aliada, descarguemos en ella nuestras ansias y anhelos.  

La poesía nos invita a explorar las raíces de nuestra identidad cultural, a conectarnos con nuestras emociones más profundas y a construir un mundo más inclusivo y humano.  

Si después de leer a Neruda y a Sabines no buscamos con quién compartir y vivir el amor, no tenemos que hacer nada en esta vida. La poesía es un homenaje al amor y el amor hace posible a la poesía.