S.O.S. ¡Salven a las familias!

El aumento de la longevidad,

la disolución de la familia,

 la pérdida de entornos familiares,

la aceleración de la obsolescencia,

los genocidios y las migraciones en masa,

y el miedo creciente a la tecnología,

erosionan expectativas acerca del futuro.

Zygmunt Bauman

 

 

En la historia de la humanidad se ha escrito sobre muchos pasajes, luchas, batallas que han tenido como propósito desintegrar la vieja concepción de la familia, que es el vinculo más primario que puede haber de la integración de una sociedad, y con ello la conformación de una población y de una nación en donde comulguen mujeres y hombres con las mismas costumbres, usos, tradiciones y religión.

De los casos recientes en el mundo, es la doctrina emblemática en China con Mao Tse Tung (1893-1976), que con la finalidad de abolir la propiedad privada en ese país y consagrar el comunismo, sostenía que era necesario desintegrar a las familias. Incluso el nombre propio de las personas, pues desde la familia y desde el propio nombre de las personas se da el inicio de una concepción de propiedad privada, al grado de que esta doctrina se intentó implementar en América Latina con movimientos guerrilleros, como fue el caso en Perú del denominado: “Sendero luminoso” (caracterizado como el más violento de los grupos bélicos del siglo XX en nuestra región), comandado por el abogado y profesor universitario Abimael Guzmán, que en los territorios en donde impuso su doctrina a través de la violencia, hacia que las familias, las mujeres y hombres vivieran separados para no formar vínculos familiares, e intentó quitar el nombre de las personas de esas comunidades.

Pero todas estas doctrinas poco a poco han fracasado. La familia, por muchas tempestades que ha atravesado, había más o menos soportado esas turbulencias. Sin embargo, la lucha que esta enfrentando esa concepción familiar es una de la que no se sabrá, posiblemente ni por nosotros mismos, en algún tiempo, ni en 30 o 50 años, si es que logra salir triunfante la conformación familiar como la conocemos actualmente. Y es que contra lo que se está enfrentando no es propiamente una doctrina, sino lo que se denomina “tecno-capitalismo” o  “capitalismo financiero”, o bien, “la fase final del capitalismo”. En fin, cada autor le ha puesto un nombre a este sistema que estamos viviendo, en donde fluyen varios conceptos.

Uno de ellos es que se ha convertido el devenir diario de los seres humanos en sujetos plenamente consumistas. Hay que recordar que en el siglo XI, y hasta mediados del siglo XX, se sostenía que había dos verbos que describían el comportamiento de los seres humanos: producir y consumir. Hoy ya no es así En estos tiempos se reduce a “consumir”, esto es, o consumimos o somos consumidos, pues incluso cuando trabajamos estamos en un empleo: somos consumidos.

Y esto trae aparejado el hiper-individualismo, es decir, que nos dediquemos a simplemente consumir y a no pensar en otra cosa más que en considerar qué producto se debe de adquirir, cuál es el vehículo más moderno, el celular de vanguardia, la marca de ropa más ad-hoc con mi personalidad, etc., lo que provoca que no veamos la realidad de los que nos rodean, entre ellos nuestra familia, es decir, no nos interesa lo que suceda con quienes forman ese núcleo familiar, lo que se ha convertido en un factor de distanciamiento y con ello de separaciones matrimoniales, divorcios, alejamiento de los hijos, como sucede comúnmente en los países del primer mundo. En América Latina lo estamos ya viviendo. Es más, ya existen en la industria de la vivienda los departamentos, desarrollos habitacionales conformados y diseñados para que, o bien viva una pareja sin procreación, o, en su caso, simplemente una sola persona por departamento; por ello es que los espacios son sumamente reducidos.

Otro de esos factores es el dominio económico de los grandes capitales y corporaciones mundiales que han absorbido a la tecnología, particularmente a la tecnología de la comunicación y a la biotecnología. Es el caso de los grandes monopolios dedicados principalmente al mercado de los alimentos y de la medicina. Prueba de ello es que hace algunos años el gigante de los fármacos Bayer adquirió a un gigante de los alimentos, Monsanto; pero atrás de ellas, desde hace tiempo, vienen ya cotizando en las bolsas, como la de Nueva York, aquellas compañías de laboratorios que se dedican a la gestación humana artificial y todo lo que esto implica, lo cual es una muestra más de ese consumismo, del hiper-individualismo que a la vieja concepción de la familia la pone en crisis, pues la familia pone de relieve la solidaridad o la fraternidad, que era uno de los ideales de la Revolución Francesa y que hoy vemos que se ha ido perdiendo. Basta un hecho notorio, como lo es la tecnología de la información, las redes sociales que han aislado la convivencia familiar.

Incomprensiblemente, se percibe que la familia no puede perder la batalla con ideologías, sino precisamente con lo contrario, con la ausencia de ideologías, como lo es el consumismo, el hiper-individualismo, la tecnología de la información y la biotecnología, que han reducido la vida humana en “úsese y tírese”, la vida como cualquier mercancía: disfrutarla para mí, y ante la imposibilidad de disfrutarla nos espera la eutanasia, ya reconocida en muchos países del primer mundo. En América Latina es emblemático  que en Colombia la Corte Constitucional la ha despenalizado desde 1997.

En resumen, no hay más que un grito: S.O.S. ¡salven a las familias! para salvar a la humanidad.

 

 

Silvino Vergara Nava

(Web: parmenasradio.org)

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