MUSEOS
Eduardo Pineda
Sarnath es un sitio sagrado en la India, cerca de Varanasi; ahí, el Buddha dio su primer sermón, “El Giro de la Rueda del Dharma” a sus cinco discípulos, estableciendo la primer Sangha (comunidad monástica).
Es uno de los cuatro lugares más importantes para los peregrinos budistas, destacando por monumentos como la estupa Dhamek (marcando el lugar del sermón) y restos arqueológicos de la era del Emperador Ashoka, incluyendo el Capitel de los Leones, que aparece en el escudo de la India. Una de las principales enseñanzas del Buddha fue acerca del amor, el amor genuino y duradero, el amor auténtico, que nada tiene que ver con lo que entendemos hoy por “amor”.
A ese respecto, el Lama Thích Nhất Hạnh, monje vietnamita y uno de los máximos difusores del budismo en el mundo contemporáneo, hace hincapié en la atención plena como fundamento principal para cultiva el amor genuino.
“La atención plena es la energía que nos ayuda a reconocer las condiciones de felicidad que ya están presentes en nuestras vidas. Es la energía que nos permite ser conscientes de lo que está ocurriendo en el momento presente. Es la energía que nos permite reconocer y abrazar nuestro sufrimiento, y, al mismo tiempo, es la energía que puede ayudar a transformar ese sufrimiento. La atención plena es la energía que abraza y transforma todas las formaciones mentales” ₋aseguraba el Lama.
Vivimos rodeados de estímulos, saturados de información, ocupados en exceso. Y, sin embargo, lo esencial se nos escapa: estar verdaderamente presentes. En este mundo que nos fragmenta, la atención no sólo es un lujo, sino una necesidad espiritual. La atención no es mirar, sino ver. No es oír, sino escuchar. No es existir, sino habitar.
Revisemos lo anterior en el marco de diferentes formas de relación humana:
En las relaciones de pareja, la falta de atención equivale a un abandono lento. No importa cuántas veces se repitan las palabras “te amo” si no se está presente cuando el otro habla, respira, calla o llora. Estar distraído es una forma pasiva de violencia. Y en cambio, mirar con atención a quien amamos es decirle: “te veo”, “me importas”, “estás aquí conmigo”.
La familia, más que un vínculo de sangre es un espacio de escucha y cuidado. Pero ¿cuántas veces los hijos, los padres, los hermanos, viven en la misma casa y se ignoran como desconocidos? La atención convierte lo cotidiano en sagrado. No es necesario hacer grandes gestos: basta con escuchar sin interrumpir, mirar sin juzgar, tocar con presencia.
Nuestra relación con la Tierra sufre la misma ceguera. Hemos dejado de atender al planeta como un organismo vivo, sensible, interdependiente. No reparamos en los ciclos, en las estaciones, en la sequía de los ríos, en el canto de las aves que ya no oímos porque ya no escuchamos. Y sin atención, tampoco hay cuidado ecológico. No se protege lo que no se percibe.
Con los animales sucede lo mismo. Los convertimos en mercancía, en utilidades, en cosas. Pero basta un instante de atención para mirar a un perro herido, a un pájaro atrapado, a un gato que nos observa en silencio, y sentir una chispa de empatía, de interconexión, de ternura.
Incluso las plantas (sí, las plantas) reaccionan a la atención. No desde un sentimentalismo ingenuo, sino desde la biología más elemental. Estudios demuestran que las plantas son sensibles al entorno, que reconocen patrones, que reaccionan a estímulos, y que crecen mejor cuando se les cuida con conciencia. La atención, incluso hacia aquello que parece inerte, revela su vitalidad.
De manera que amar no es un sentimiento: es una forma de mirar. Y mirar con atención es un acto radical. Es abrirse al otro sin filtros, sin prejuicios, sin apuro. Es sostener con la mirada aquello que duele, que incomoda, que se agita dentro de nosotros mismos. Porque la primera relación que exige atención es la relación con uno mismo.
El diálogo interno está plagado de automatismos: nos criticamos, nos saboteamos, nos autoengañamos, nos abandonamos. Pero cuando uno se detiene a observar sus emociones sin juzgarlas, cuando uno se sienta con su tristeza o su rabia como quien se sienta con un viejo amigo herido, entonces empieza a transformarse. Porque lo que se nombra, se alumbra. Y lo que se atiende, se transforma.
La atención plena no es una herramienta. Es una forma de estar en el mundo. Una manera de habitar cada encuentro como si fuera el último.
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