CINE
AGUSTÍN ORTIZ
Estaba basada en una absurda obra de teatro fallida que jamás llegó a estrenarse (Everybody’s come to Ricks, escrita por un joven matrimonio que quedó maravillado por un viaje a Francia). Su director era un húngaro despótico que apenas sabía hablar inglés. Sus protagonistas estaban ahí odiando cada minuto (en algún momento habiéndose considerado como protagónico a ¡Ronald Reagan!) mientras su productor la consideraba una cinta menor de serie B. El guion (posteriormente considerado uno de los más perfectos en la historia del séptimo arte lleno de frases icónicas: “Siempre tendremos París”, “De todos los bares del mundo tenía que entrar a este”, “Traigan a los sospechosos comunes”, y no, jamás dicen ese “Tócala de nuevo, Sam” que hasta Woody Allen jura haber escuchado) era escrito sobre la marcha, a tal grado que en muchas ocasiones los actores no sabían qué iba a pasar. A todos los involucrados les parecía un producto mediocre, y muchos de los secundarios eran refugiados del Tercer Reich o tenían familiares que habían fallecido en los campos de concentración.
Y peor: nadie sabía cómo iba a terminar el asunto, hasta que el productor Hal B. Wallis sugirió ese legendario “Creo que este es el principio de una hermosa amistad”, porque habiéndose ido la chica, el protagonista tenía que volver a ser el mismo de siempre.
Impensable que de todo ese conflicto surgiera un milagro.
Uno que aún nos acompaña y al parecer nos acompañará por siempre.
Uno llamado Casablanca.
Y sí: Ciudadano Kane (1941, Orson Welles) siempre será la más influyente, y El Padrino (1972, Francis Ford Coppola) la más admirada; pero si hablamos de la más querida es sin duda esta cinta de 1942 protagonizada por Humphrey Bogart (y que lo coronó como estrella a una edad donde muchos ya estaban acabados) e Ingrid Bergman (que estaba ahí, de malas, porque le habían negado su anhelado protagónico en ¿Por quién doblan las campanas?, mismo que ante el éxito de Casablanca le acabarían dando), bajo la dirección de Michael Curtiz, con secundarios de lujo en Sydney Greensteet, Conrad Veidt, Peter Lorre y esos impagable Claude Rains y Dooley Wilson, en una historia sobre amores cruzados en plena segunda guerra mundial, conflicto que además ocurría al mismo tiempo fuera de la pantalla y que es , sobre todas las cosas, una historia de amor donde el triunfo del mismo no equivalía a un final feliz.
Pero que nadie la debate como la historia de amor más grande que ha dado el cine.
Quizá difícil de explicar, pero fácil de entender la magia de esta cinta, hasta que uno comprende que, sobre todas las cosas, Casablanca (ganadora de tres premios Óscar y, máxima injusticia, ninguno para sus protagonistas) es una historia de amor: por otra persona, por uno mismo, por una patria y por un anhelo, mostrando ese amor como una luz en la obscuridad que, al momento de su realización, tenía a la mayor tragedia del siglo XX latiendo fuera de ella. Y suena cursi o reduccionista afirmar que al final el tema se resume en algo cursi y obvio, pero universal: el amor como motor y destino.
Como un aliciente necesario de recordar y vivir no sólo ante el horror sino en el ser.
Y corrijo lo dicho líneas arriba.
Casablanca no necesita ser explicada.
Necesita ser vista.
Porque ahí está esa escena, a mitad de la película, donde suena La Marsellesa y los actores se levantan a cantar, muchos con lágrimas en los ojos, triunfales y libres para la posteridad, con una esperanza que surge en cada voz.
En cada latido.
Rick e Ilza siempre tendrán París.
Y Sam siempre tocará ese As time goes bye.
¿Los demás?
Siempre tendremos Casablanca.
Donde uno siempre es bienvenido.
