LA CAVERNA
Miguel Campos Quiroz
Al hablar de bibliotecas, la primera imagen que se nos viene a la mente es la de un enorme edificio viejo, en cuyo interior, solemne, misterioso, e incluso a veces sombrío, hileras interminables de libros añejos y empolvados cubren largas estanterías que parecieran extenderse hasta lo infinito, como si de una imagen borgiana se tratara. El guardián del lugar, un bibliotecario anciano de largas y blancas barbas, con pinta de mago o de monje, vigila que la paz del lugar no se vea perturbada por el mínimo ruido, y de vez en cuando, con talante enigmático, voz profunda, y una mirada perdida en el vacío, orienta a algún solitario lector que se pierde entre los anaqueles buscando algún título raro y arcano, quizá hasta prohibido, como suele suceder en las historias de Lovecraft. Tal es por lo menos la imagen que, gracias a la literatura fantástica y en buena medida al cine, hemos introyectado como parte de nuestro imaginario sobre las bibliotecas.
Aunque la idea así presentada está muy romantizada y no carece de ornamentos poéticos, no obstante, ella tiene algo de base en la realidad. Durante muchos siglos, fueron los sabios y los monjes quienes resguardaban el saber contenido en los libros en recintos que eran considerados auténticos templos de la sabiduría, como era el caso de la famosa Biblioteca de Alejandría, considerada como el mayor centro del conocimiento en el mundo antiguo, y que, administrada por grandes intelectuales de su tiempo, albergó en sus interiores las investigaciones de grandes científicos, como Eratóstenes o Euclides, así como las discusiones de grandes filósofos, y que, contrariamente al mito tan difundido por las leyendas negras creadas por los modernos y los ilustrados, no fue incendiada repentina y violentamente por hordas de cristianos, sino que entró en decadencia paulatina durante varios siglos como consecuencia de sucesivos abandonos, purgas, conflictos y accidentes acaecidos a lo largo de diferentes reinados.
Es sin embargo en los monasterios medievales en donde tiene su origen el estereotipo más difundido que ahora tenemos sobre las bibliotecas. Siendo la lectura silenciosa y la oración parte de la vida cotidiana de los monjes como una manera de practicar la regla de San Benito, expresada en la fórmula latina «ora et labora» (reza y trabaja), los monjes podían dedicarse tanto a la lectura privada contemplativa en la intimidad y tranquilidad de sus celdas, o bien fungir como copistas y amanuenses en el scriptorium de los conventos. Allí se dedicaban tanto a copiar como a traducir e ilustrar las obras de grandes filósofos de la antigüedad o a producir copias de las obras religiosas, y ocasionalmente, alguno de ellos dejaba un trabajo propio. Así se fueron formando las colecciones que con el tiempo fueron conformando bibliotecas monásticas, primero pequeñas, y después, en una época más tardía, dieron origen a las grandes bibliotecas de las universidades medievales, en las que el acceso al material documental y al conocimiento empezaron a estar a disposición de quien podía permitírselo, fuera o no religioso. Y ya sea la lectura en privado o la actividad en el scriptorium de los monjes, o el estudio en las bibliotecas universitarias y en las aulas, lo cierto es que todas esas actividades requerían del silencio. Aún hoy, aunque muchos lo nieguen y en algunos espacios bibliotecarios, sobre todo estudiantiles, se prescinda por cuestiones prácticas (y de complacencia) de esa regla del silencio, todo buen lector sabe que éste es necesario y lo más conveniente para sumergirse en los mundos que ofrece la lectura.
No puede negarse que las bibliotecas han evolucionado, y que las dinámicas también han cambiado. En parte, esto es debido al auge de las tecnologías de la información, las cuales ahora se presentan como un complemento a la cultura del libro. Y no cabe duda de que por cuestiones de acceso y de portabilidad, el libro electrónico es un gran avance y también algo que en esta época nos conviene mucho aprovechar. Lo lamentable es que ello se promueva como un sustituto del libro impreso, y, peor aún, que ello sea fomentado desde lo académico. De persistir así, en algún momento las bibliotecas como las conocemos desaparecerán, pues serán consideradas como obsoletas (aunque desde luego que nunca lo serán). Y es que, en los centros educativos, el concepto de biblioteca ha cambiado grandemente de unos años para acá. Ya no es ese espacio mágico, casi sagrado, en el que alguien podía tomar uno de los innumerables volúmenes contenidos en las estanterías, para luego, en silencio, sumergirse en el mundo que ese libro le ofrecía.
Ahora, además de que en las nuevas bibliotecas con visión progresista se habla en voz alta y a veces hasta se grita, éstas se han convertido también en espacios multiuso en los cuales prestar libros es sólo uno de los servicios que se ofrecen, entre varios otros. Se montan exposiciones, se proyecta cine, se dan conferencias, se promueven ideologías, se prestan computadoras y salas de audiovisuales, se da wifi gratis para ver videos en la computadora o en el celular, y a veces hasta se hacen eventos o presentaciones musicales allí. Y mientras tanto, se promueve el uso de plataformas digitales como lo más innovador que ofrecen los servicios bibliotecarios, cuando lo que debería hacerse es fomentar el uso del libro físico y promover un nuevo interés en la lectura tradicional y en silencio.
Ojalá que recuperemos la cultura lectora tal como era en el pasado, antes de la irrupción de la cultura millenial en el entorno cultural y académico. Y como un plus, desde luego que la mejor decisión que alguien podría tomar es iniciar su propia colección y biblioteca privada en casa, con libros impresos y un espacio bien acondicionado para leer, por supuesto.
