GASTRONOMÍA 

Daniel Parra Céspedes 

 

En un mundo donde las notificaciones suenan más que las campanas de una iglesia en domingo, donde el tráfico es una especie de pesadilla diaria, la palabra paz suena cada vez más como un lujo. Existe un territorio silencioso, cotidiano y profundamente humano donde la calma todavía puede servirse sin pretensiones: la gastronomía. La comida, ese ritual que a veces hacemos corriendo, sentados o de pie, mientras contestamos correos o revisamos el celular, es también una vía de regreso a nuestra serenidad. Quizá no todo lo arregla un taco, pero vaya que ayuda tener la panza llena. 

La relación entre paz y gastronomía se da por hecho, quizá porque pensamos en la paz como algo épico, político o abstracto. Pero la paz no siempre llega firmando tratados, sino cocinando sopa y quesadillas caseras; no está en discursos solemnes, sino en el crujido de un pancito caliente, en el primer café de la mañana. En tiempos donde lo simple parece poco, la comida nos recuerda que en su esencia sigue ahí: caliente, aromática y dispuesta a devolvernos un pedacito de equilibrio. 

La cocina siempre ha sido una especie de santuario involuntario, un espacio donde alimentarse da paso al pensamiento que va resolviendo los pendientes laborales, familiares, económicos o sociales, por mencionar unos pocos, donde los aromas tienen la descarada habilidad de cambiar el ánimo. No importa si se trata de un guiso casero, una comida en restaurante de manteles largos o de esos que describen los alimentos como si fueran poesías pretensiosas, la gastronomía es una forma de bajar revoluciones. 

El simple hecho de tomar el primer bocado con conciencia, sentir la temperatura, identificar el sabor, distinguir las texturas, le manda un mensaje claro al cerebro: ¡pausa! Es casi como ponerle un freno de mano al caos mental. Nada como una cucharada de algo tibio para recordarte que aún estás vivo, incluso si tu semana dice lo contrario. Los alimentos guardan memoria. Lo sabemos porque todos tenemos un plato que nos derrite la resistencia y nos da soporte y contención, nos transporta sin escalas a un momento de calma. Puede ser algo sofisticado, pero por lo general no lo es. 

La gastronomía toca emociones porque tiene una cualidad casi mágica: evoca a la familia, identidad, hogar, amistades, viajes y momentos felices. En un mundo que busca nuevas formas de estrés cada día, la comida es un puente que nos sostiene desde siempre.  

 

 

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