FOTOGRAFÍA
La rana conocía el mundo por el tamaño de un charco. Ahí se zambullía, cantaba por las noches y cazaba mosquitos como si fueran premios. El agua le sabía a casa y el lodo le acomodaba el cuerpo. No necesitaba laguna ni río; con ese charco le bastaba el mundo.
Cada tarde volvía al mismo bordito, donde ya estaban marcadas sus huellas. Se quedaba quieta, viendo cómo el cielo se movía en la superficie. Era su lugar seguro: si algo la asustaba, ¡zas!, un salto y al agua.
Pero un día el sol se puso necio. Vuelta y vuelta, el charco empezó a encogerse: primero menos brillante, luego más tibio, después puro lodito cuarteado. La rana dio vueltas, buscó frescura bajo una piedra, metió la panza en lo poco húmedo que quedaba. “¿Y el charco de agua, qué se hizo?”, parecía preguntar con los ojos saltones.
Se quedó un rato más, por si regresaba. Porque la rana no solo quería el agua: quería ese sitio al que siempre podía volver. Y aunque el charco se hubiera ido al cielo, la rana se quedó cerca, esperando la primera lluvia. Sabe —como saben las ranas— que el agua siempre vuelve. Y cuando vuelva, también volverá su croar.
Fotografía tomada en la puerta de nuestro hogar en San Andrés Cholula, Puebla el 20 de junio de 2025, esperando justamente que su charco se llenara de agua otra vez.
