MINUCIAS DEL IDIOMA 

Miguel Campos Ramos 

 

 

Cada año, en septiembre, al amparo de la historia y de unos tequilas, gritamos sin ningún pudor “¡Viva México, ca…!”, “Como México no hay dos”, y otras entusiastas y chovinistas frases por el estilo, y nos disgustamos con los malinchistas que, al contrario, se alegran de que como México no haya dos. 

No nos caería mal una somera reflexión para evaluar nuestra verdadera mexicanidad y por ende nuestra real independencia. 

Y no precisamente por la forma en que tratamos a otros compatriotas, sobre todo a aquellos que, casualmente, siguen preservando nuestra verdadera mexicanidad. Sí, me refiero a los indígenas, eufemísticamente llamados pueblos originarios.  Esos a los cuales no siempre vemos con buenos ojos, y a quienes de perezosos y faltos de iniciativa no bajamos, y que casi siempre vemos como unos incapaces de hablar bien el español no obstante que, mejor que nosotros, sean bilingües al manejar su propia lengua y esforzarse por comunicarse con nosotros en el pobre español que, aceptémoslo, la mayoría usamos. 

Sí, no es necesario entrar en cuestiones de trato. Basta reflexionar en la forma como hemos permitido que el idioma inglés (y algunos otros) se entrometan en nuestra vida diaria, en nuestra propia casa. 

Por ejemplo, preguntémonos cuántas veces al día acordamos con alguien al ritmo de “okay”, y nos despedimos con el chocante “ba-bay”, y si alguien da un concierto decimos que le puso “feelling”, y si expresamos cansancio prescindimos de la interjección “uf” y en su lugar exclamamos “ups”, como la cantante Britney Spears. 

Y en casa nos sentamos en el “living”, y adornamos el “hall” con motivos septembrinos. Y en la noche de septiembre, para brindar, preparamos “cocteles”, y vemos por televisión la pirotecnia con “láser”, y quienes salen a cenar lo hacen en un lugar muy “mexicano” llamado, digamos “chilli’s western”, y ahí se encuentran con el “valet parking”, y hay sendos letreros que rezan “no cover” y “hoy, sólo cash”. 

Y al charlar (“chatear”, dicen ahora, al hacerlo por computadora o celular) decimos: “me siento cool”, “nos vemos en el after” …  

Y frente a la computadora “accesamos”, “formateamos” y “printeamos”, moviendo con precisión el “mouse”, eligiendo letras tipo “times new roman”, o “century schoolbook”. 

Y en la oficina “faxeamos” o “escaneamos” los documentos.   

Y si compramos ropa buscamos “sport” para estar cómodos, y para no complicarnos la vida leemos literatura “light”. 

Y para la comunicación cada vez son más comunes los “cels” y escuchamos música en “i-pods”. 

Cada año, en septiembre, deberíamos de reflexionar en torno a la independencia y el idioma. La conclusión casi siempre sería como esta de simple: mientras México no sea un país fuerte, mientras otros países de habla española sean menos fuertes que Estados Unidos, el idioma español seguirá contaminándose con términos en inglés. Lo cual sin duda no es grave, ciertamente, ya que muchas palabras derivadas directamente de la tecnología o del deporte se han adoptado y adaptado en español a partir de su pronunciación original, pues al ser nombres de inventos de otros países, no tienen equivalente en español.  

Sin embargo, el problema verdadero no está en que nuestro idioma se contamine, pues gracias a ello ha evolucionado desde sus orígenes latinos. Vamos, el español que usamos hoy no se parece en mucho al que se hablaba en el siglo quince.  

El problema clave es que con la contaminación lingüística vamos contaminando nuestra mente y —dirían los patriotas— nuestro espíritu, y poco a poco vamos pensando más como nuestros vecinos del norte que como mexicanos. He aquí el meollo del asunto. Que sin duda no es asunto menor.