Se define encanto como cualidad que hace que una persona o cosa sea muy atractiva, agradable o capaz de cautivar a los demás.
Y el encanto puede tener muchas formas.
Y Tim Curry (1946–2026) parecía entenderlas todas.
Ya fuera como un payaso diabólico, responsable de haber traumatizado a toda una generación (It, 1990), un científico travesti, musical, excéntrico y muy libre (The Rocky Horror Picture Show, 1976), un mayordomo petulante y sarcástico (Clue, 1985) o la voz de un pirata resentido y obsesionado con eliminar a su némesis (en la caricatura Peter Pan & The Pirates de 1990, misma que le dio un premio Emmy), Curry fue uno de esos histriones que, ya fuera en Teatro (originando en Broadway tanto el Mozart de Anthony Schaeffer –obra que después lograría la inmortalidad en el cine gracias a la adaptación de 1984 a cargo de Miloš Forman, papel que sería recasteado en la cinta, como lo fue su Joker en la serie animada de Batman de 1990– como el Rey Arturo en la legendaria farsa Spamalot en 2004), cine o televisión, era fácilmente reconocible por la audiencia, que al verlo con esa sonrisa entre socarrona y retadora, quedaban hipnotizados ante una personalidad que trascendía el mero reconocimiento para cautivar al espectador.
De vida personal discreta (nunca tuvo hijos y no se le conocieron parejas) y voz potente, Tim Curry era un actor de carácter, pero de esos donde la personalidad del histrión siempre quedaba al frente, encandilándonos con ese carisma que este año nos abandona.
Pero cuyo brillo ha quedado para la posteridad.
Encantándonos.
