Origen, evolución y contemporaneidad de la danza

Antropológicamente hablando, la danza ha desempeñado desde tiempos inmemoriales una importante función social, y ha sido desde que el hombre salió de sus primitivas cavernas, e incluso antes, quizá, un importante factor cohesionador del grupo que más tarde devino elemento identitario de tribu. Y desde las primitivas danzas tribales hasta las modernas manifestaciones de la danza como una de las llamadas «Bellas Artes», ha mediado todo un largo proceso de evolución que va desde las primeras formas rituales, pasando por las danzas tradicionales o folclóricas de los diferentes pueblos y más tarde los bailes de salón muy propios de las cortes y de las clases altas, hasta la danza contemporánea y el ballet, e incluso presentes muchos elementos dancísticos en esas formas de representación efímera y un tanto marginal del así llamado «performance». Y por supuesto, también en los bailes populares del siglo XX hasta el XXI. 

La danza como manifestación cultural, y al igual que otras expresiones humanas tales como el teatro, la pintura, la escultura o la música (esta última de la cual la danza es inseparable), tiene un origen religioso y ritual. 

Habría iniciado, probablemente, alrededor de las antiguas hogueras del hombre prehistórico, cuando las tribus primitivas descubrieron que podían expresar pensamientos y sentimientos básicos por medio del lenguaje corporal, y más tarde le habrían añadido a tal lenguaje movimientos rítmicos al compás de los que serían los primeros instrumentos musicales, los de percusión. Todo ello con fines seguramente mágicos. 

Más tarde, con la evolución de la civilización y la cosmogonía, y en consecuencia de la danza, ésta habría pasado a representar para los antiguos pueblos ideas más bien filosóficas, relacionadas con los ciclos de la naturaleza y con los movimientos celestes, así como con los dioses que los presidían. 

Todo ello habría pasado a formar parte de la cultura popular en las danzas tradicionales que más tarde, sin perder sin embargo las reminiscencias de su antiguo carácter simbólico y ritual, habrían adquirido un matiz más bien festivo. 

Fueron los griegos la primera civilización en considerar a la danza como un arte, en el sentido en que nosotros entendemos tal concepto en el Occidente moderno, y personificaron a tal expresión de belleza en la musa Terpsícore. No obstante, tal arte seguía siendo entendido en aquel contexto como parte del culto religioso, y no fue sino hasta el Renacimiento cuando el renovado interés de los humanistas por la cultura clásica grecorromana elevó a la danza y a otras expresiones análogas a la categoría de lo que hoy llamaríamos «Bellas Artes». 

Vendrían luego el barroco y el romanticismo, y con ellos los bailes de salón y los de las cortes, sobre todo en Francia, aunque paralelo a ellos, jamás desaparecieron los bailes tradicionales, sino que éstos siguieron evolucionando como parte del acervo cultural del considerado «pueblo bajo», diferenciándolos así de los bailes aristocráticos. 

Llegaron también la danza contemporánea y el ballet, convirtiendo la danza en una expresión teatral, y llegó también la posmodernidad, que para bien o para mal, rompiendo con las formas clásicas, abrió la puerta a muchas otras formas experimentales de la expresión rítmica corporal. 

Paralelamente, la cultura pop del siglo XX también tuvo sus propias manifestaciones en los bailes populares de espíritu festivo que van desde el Rock n’ Roll hasta los así llamados «ritmos latinos», que aunque no son considerados como expresiones de alta cultura, sí han desempeñado un papel social fundamental en la cultura de masas de la actualidad. Y por supuesto, el baile convertido en un deporte, tanto a nivel de gimnasia artística, como en los ejercicios aeróbicos o la zumba, tan de moda desde hace unos pocos años, tampoco pueden dejar de mencionarse. 

Todo lo arriba enunciado es una evolución de la danza, que desde siempre ha sido y siempre será una  de las más genuinas y expresivas manifestaciones de la emocionalidad humana, y que forma parte de nosotros, ya sea que accedamos a ella como sus espectadores o como sus ejecutores. 

 

 

Miguel Campos Quiroz 

camposquirozmiguel@gmail.com 

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