Sexualidad y educación

La sexualidad es, en todo individuo, como su respiración, vital. Es inherente a él, no puede prescindir de ella pues es el conjunto de comportamientos y prácticas que expresan el interés sexual de su ser. En el caso de los seres humanos, se considera una parte constitutiva de la personalidad. Personalidad que está ligada a los factores genéticos, psicológicos y culturales en los que se desenvuelve el individuo. Y hasta aquí, todo es correcto, no hay punto de debate. 

Lo escabroso del tema se da cuando volteamos a ver a la sexualidad como una condición muy variable y personal, y si tomamos en cuenta la definición de la OMS, que dice que la salud sexual consiste en el bienestar, que implica el respeto, la seguridad y la libertad frente a la discriminación y la violencia y que depende del goce de determinados derechos humanos, entonces las miradas cambian. Sobre todo, en el ámbito educativo. 

Podemos decir con certeza que cada ser humano es un conjunto de diversidades y es un universo único en sí mismo. Sus pensamientos, sentimientos, gustos o inconformidades los expresa si él mismo se lo permite, pero cuando se enfrenta a un sistema en el que debe obedecer una disciplina en común, entonces desde lo más profundo de su ser emerge la necesidad de vociferar que su sexualidad, conducta sexual o tendencia sexual, es diferente al resto de los demás. 

La educación ha tenido que adaptarse a todos los cambios que la juventud ha ido marcando a través del tiempo. Los hippies, darketos, cholos, punks, emos, etcétera, han pasado por un sinfín de aulas en las que se han formado, o tal vez no, pero han pasado un buen número de años de su vida en una institución educativa sin restricción alguna pues las modas sociales que los jóvenes adoptan por un tiempo pasajero, no son impedimento para que obtengan un certificado o título académico. 

Ahora les toca vivir a las escuelas, desde niveles básicos, la libre expresión de las preferencias sexuales de sus estudiantes. Tarea difícil, pues si bien no se puede ni se debe excluir a estos alumnos, es complicado adaptarse, por ejemplo, a un cambio transexual que en la actualidad se está dando en varias instituciones. Y ha sido necesario ponerse de acuerdo en detalles tan simples como de cuál sanitario va a ser uso, del de hombres o mujeres, sus documentos oficiales llevarán su nombre en femenino o masculino, en la formación del patio cívico se integra con los hombres o las mujeres, y así podemos seguir sin encontrar una respuesta que satisfaga a todos los que forman parte de una institución educativa, ya sea pública o privada. 

Ante este panorama, nuevamente la juventud coloca “en jaque” a la educación pues en lugar de que sea el sistema educativo el que dicte las normas disciplinarias y conductuales, es la joven sociedad la que decide en qué momento y de qué manera deben actuar las autoridades respecto a sus preferencias o tendencias respecto a cualquier aspecto que marque su vida en ese momento, porque en el tema que nos atañe, un mismo hábito sexual puede ser muy frecuente y bien aceptado por una sociedad, y al mismo tiempo ser rechazado en otra. 

Parece que lo más razonable es asimilar el hecho de que el comportamiento sexual es una condición muy compleja, muy variable y también muy personal que debe dejarse fluir como el río inmenso y vertiginoso que es y que algún día encontrará la calma en su cauce. 

 

 

Éricka E. Méndez Otega 

eryelmeor@gmail.com 

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