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El día de la marmota

Agustín Ortiz 

 

 

Su protagonista pasaba por un tormentoso divorcio, su director había fracasado por primera vez y su guionista era un novato, pero juntos alumbraron una obra maestra que durante 30 años ha seducido a propios y extraños, desde filósofos zen hasta amantes de la ciencia ficción.

 

I 

Bill Murray no estaba teniendo un buen día. 

Excéntrico y conflictivo por naturaleza, la musa que lo había guiado desde Saturday Night Live para convertirlo en una estrella gracias a esa rareza llamada Cazafantasmas (1984), al parecer lo había abandonado en su vida personal: su matrimonio de 5 años se había derrumbado en medio de acusaciones de excesos e infidelidad mientras que su intento de mostrar su talento para el drama (con Al filo de la navaja, de 1984) se convertía en su primer fracaso. 

Solo, alejado de los medios y tomando distancia del cine comercial, Bill recibió una llamada que cambiaría no sólo su vida sino su manera de ver el mundo. 

Que esa llamada fuera del director que lo había consagrado era un golpe de suerte. 

¿Que fuera de su mejor amigo? Una bendición. 

O no. 

 

II 

Harold Ramis tampoco la estaba pasando bien. 

El otrora rey Midas de la comedia gracias a éxitos cómo Los locos del golf (1980) y Vacaciones (1983), además de guionista de la muy gamberra y exitosa Animal House (1978), conocía por primera vez el fracaso gracias a la muy fallida Club Paraíso (1986), llevándose a cuestionar qué tanto quería pasar a la historia como un director de comedias contra el sistema y debatiéndose entre seguir ese camino, o comenzar a filmar ese tan anhelado proyecto sobre la vida de la anarquista Emma Goldman, uno que le daría el respeto y admiración que lo eludía ante el cine que realizaba. 

En esa encrucijada fue que un guion cayó sobre su escritorio; no sólo era una comedia sino que además estaba escrita por un desconocido llamado Dany Rubin, que pretendía generar risas sobre una idea infernal: Phil Connors, un arrogante meteorólogo de tv, es condenado a vivir el mismo día una y otra vez, por toda la eternidad. Ese día del cual Phil no puede escapar es justo el día de la celebración de la marmota.  

Ramis no río. Nada. 

Pero varias reflexiones empezaron a surgir en su cabeza: si pudiéramos vivir el mismo día una y otra vez ¿aprenderíamos algo de nosotros?; la repetición constante ¿sería un infierno o una oportunidad para aprender y ser mejores?, ¿qué nos salvaría? 

Ramis sonrió. No sólo tenía una gran película, sino también a la estrella ideal para protagonizarla. 

Su mejor amigo, uno cuya filosofía agridulce era ideal para este proyecto. 

Alguien que tampoco la estaba pasando bien. 

 

III 

Lo que iba a ser una pequeña comedia acabó convirtiéndose en algo más grande que los involucrados y su tortuoso rodaje; curiosa mezcla entre Franz Kafka y Frank Capra, slapstick y profundidad metafísica, El día de la marmota (1993) desde el principio fue un conflicto no sólo por la historia que narraba sino porque Ramis y Murray, amigos de toda la vida, parecían enfrascados en una batalla donde lo peor de sí mismos era el pan de cada día a la hora de intentar terminar la cinta. 

Mientras que Ramis quería una comedia sofisticada, Murray estaba obsesionado con la filosofía que existía a la sombra de las risas, y aun es doloroso que ese amor como respuesta y salvación del conflicto dentro de la narrativa, el aprender a amar y ser desde el amor y el conocimiento, no lo hubieran encontrado durante la filmación por dejar que el trago amargo que vivían se apoderara de ellos, poniendo fin a una colaboración y amistad que se antojaba indestructible, dejándose de hablar mientras público y crítica se rendían ante esta fábula metafísica donde recordábamos enternecidos que cada día es una oportunidad para ser mejor, para cambiar, para aprender, pero sobre todo para ser la mejor versión de nosotros mismos. 

Que la vida está hecha de días. 

Y que esa vida sigue. 

 

IV 

Bien dicen que nada es eterno, sólo el cambio. 

Murray y Ramis superaron ese trago amargo: siguieron sus carreras, se levantaron, triunfaron, reencontraron el amor y las ganas de narrar historias, pero aun en esa felicidad el silencio entre ambos era un tema que no habían sorteado. 

En el año 2014 Ramis estaba al borde de la muerte: una grave infección por vasculitis inflamatoria había minado la salud de ese director que tanto había hecho reír, encontrándose inmóvil, mudo, postrado en cama y esperando simplemente su hora. 

Y abrió los ojos. 

Ahí estaba, frente a él. 

Más viejo, más sabio y con una caja de donas, sentado, en su casa, ese hombre que había sido su amigo más entrañable y con el que durante 20 años no había cruzado palabra. 

Y sonrió. Y fue como si el tiempo no hubiera pasado; su mejor amigo había vuelto. 

Unos días después Ramis murió en paz. 

Años después, Murray sigue viviendo. 

En paz. 

La paz de aquel que aprovecha sus días. 

Y supo qué día aprovechar. 

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