Infancia genial

Es curioso –tras revisar exhaustivamente la biografía de los hombres y mujeres que han roto e instaurado paradigmas en la ciencia, la técnica, el deporte, el arte o las humanidades- darse cuenta de su bajo desempeño escolar, los adjetivos que en su momento les impusieron, la exclusión social que muchos de ellos vivieron, la mala reputación que se ganaron: eran los raros, los que no podían, los que “no serían nada en la vida”. Niños y niñas por los que nadie apostaría, en los que, muchas veces, ni sus padres creyeron. 

Tal vez era un problema de percepción de las sociedades a las que pertenecieron, o tal vez los sistemas educativos en los que estaban inmersos no estaban diseñados para saber qué hacer con las mentes geniales que sobrepasan (y por mucho) la media poblacional. Siendo sus padres y profesores personas que fueron educadas en la tradición de aprender a obedecer sin cuestionar, se deduce que los hijos que preguntan, que hacen las cosas de otra manera y que ven más allá de lo que la vista permite, parezcan no encajar en el mundo de lo “normal”. 

Sin embargo, los genios incomprendidos tarde o temprano iluminan los senderos de la sociedad; su hábito de dudar, de rebelarse y salir del statu quo les permite intuir otras posibilidades que, en algunos contados casos, logran experimentar, proponer y establecer, y en otros casos no, derivando en una vida de frustración y decepción. 

De acuerdo con el filósofo y pedagogo brasileño Paulo Freire, el ser humano es el único animal que se sabe inacabado, es decir que estamos conscientes de que nuestro ser y estar en el momento presente no corresponden a una versión final de nuestras vidas. Nos rehacemos, nos deconstruirnos y reconstruimos todo el tiempo. Siguiendo con la pedagogía freiriana, el proceso educativo no concluye en alguna etapa de la vida, es una colección de cambios constantes que pueden ser dolorosos y complicados, es como si nuestra mente que aprende se desarmara y rearmara casi todo el tiempo.  

Al respecto yo pregunto si los sistemas educativos están listos para formar a un individuo cuyo aprendizaje está sujeto a la deconstrucción constante. Me parece que la respuesta es: no. Y mucho menos en un sistema educativo que tiene por objetivo y razón de ser la fabricación de ciudadanos útiles al sistema económico, político y social vigente en su tiempo y lugar. 

De manera que la genialidad de las infancias tiene un reto monstruoso: lidiar con la educación tradicional y enfrentar sola, totalmente sola, la deconstrucción mental que han aceptado y que experimentarán durante toda su vida. 

Ejemplos hay en demasía; los que más resaltan son del medio científico, pero también los hay en las artes; hombres y mujeres que crearon un género nuevo porque los que existían no sirvieron para adjetivizar su obra (pienso en Salvador Dalí), o en literatura, por ejemplo, el Realismo Mágico (García Márquez), en la producción cinematográfica (Buñuel), en la actuación (Chaplin). O en otras actividades humanas, en el deporte (Muhamad Alí), en la técnica (William Gates), en el activismo ambiental (Jane Fonda), en la política (Nelson Mandela), en el activismo social (Simone de Beauvoir), en la filosofía clásica (Sócrates) o en la moderna (Anthanas Mocus), en el camino de la espiritualidad (Siddhartha Gautama), en la fisiología genómica (Rosalind Franklin), en la economía política (John Nash), en la protociencia poética (Sor Juana), en el arte culinario (Dominique Creen) … Y la lista podría seguir por muchos renglones más, pero ellos no son los únicos; cientos de miles de genios han quedado en el olvido, acallados antes de alcanzar la fama, rebasados por las presiones sociales, hundidos por sus miedos, sus decepciones y desencantos. 

Tras leer el presente texto a manera de carta abierta a la genialidad de las infancias, el exhorto es a iniciar un nuevo proceso permitiendo la libertad necesaria para el autoaprendizaje de las niñas y niños que dan avisos de trascender el establishment cobijados por la incertidumbre, permitiendo su ingreso al túnel de la duda para que observen la luz que les espera del otro lado de los prejuicios y conveniencias del aparato que gobierna a los pueblos y las mentes; los niños deben tocar esa luz y vivir en la duda metódica de René Descartes, en la deconstrucción del pensamiento de Jaques Derridá, en la teología de la liberación, en ese mundo donde se eduque para pensar y no para obedecer. 

 

 

Eduardo Pineda 

ep293868@gmail.com 

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