El contraste ambiental de dos mundos

Propongo al lector un sencillo ejercicio, simple pero muy ilustrativo, y sobre todo revelador. Abra Google Maps en su ordenador o en cualquiera de sus dispositivos, y sitúese en el mapa sobre la Norteamérica anglosajona (Estados Unidos y Canadá), sobre todo hacia la parte más nororiental y menos desértica de esta parte de nuestro subcontinente. Notará una cosa: se trata de una amplia región en la que predomina el color verde, de un modo tan espeso, que cubre la casi totalidad de este enorme espacio geográfico. 

Ahora haga un acercamiento sobre esta área, y notará una cosa más: una cantidad de puntos diminutos y apenas visibles se encuentran dispersos y separados por enormes distancias dentro de esta gigantesca región verde. Acérquese un poco más, y notará que esos puntos son poblaciones, en su mayoría pueblos pequeños, en general distanciados, bien distribuidos y bien comunicados. Acérquese aún más sobre alguno de estos últimos, y verá una realidad maravillosa: aun al interior de estas poblaciones predominan por todas partes las áreas verdes, a grado tal que si uno se acerca aún más y se sitúa sobre alguna de las áreas residenciales de estas pequeñas ciudades y pueblos, se dará cuenta de que hay una considerable separación entre las casas y las construcciones en las que lo que abunda son los espacios verdes que se adivina que son los céspedes y los jardines de tales fraccionamientos. Y si finalmente uno desciende dentro de la aplicación con Street View para ver estos lugares a ras de suelo, se percatará de que las zonas habitacionales de estos países parecen estar literalmente construidas dentro y en medio de auténticos bosques, más que simplemente estar rodeados de parques y jardines.  

En resumen, lo que se ve en estos lugares es que la naturaleza, la vegetación y los árboles lo rodean todo, en vez de estar en pequeños espacios o confinados únicamente en parques dentro de las poblaciones.  

Y éstos no son casos excepcionales o aislados, sino una constante que se repite por toda la geografía norteamericana, y en alguna medida en todos los países considerados de primer mundo, sobre todo en países como Alemania o las naciones escandinavas, que poseen una cultura ambiental envidiable.  

La calidad de vida que se desprende de lo anteriormente descrito es evidente: disfrute de espacio, un entorno relajante y agradable, oxígeno y aire fresco y limpio, y en general, bienestar. 

Ahora, pido al lector que repita la misma operación con Google Maps, pero esta vez bajando en el mapa hacia México, nuestro país. Notará una realidad muy diferente y muy opuesta a la que hemos descrito de nuestros vecinos del norte: en un país como el nuestro, que ya de por sí es en su mayor parte desértico y semidesértico, y en menor medida semitropical, y por lo tanto muy caluroso, destacan enormes regiones vacías e inhabitadas por un lado, y por otro, enormes manchas blancas y sin forma que son las grandes ciudades, cuyo crecimiento ha sido desmedido, y en las que se concentra toda la población (sobre todo hacia el centro del país), mucha de la cual migra desde los pequeños pueblos, gran cantidad de ellos abandonados, incomunicados, mal ubicados y en malas condiciones.  

Si uno se sitúa en el mapa sobre una de estas enormes ciudades y va haciendo acercamiento sobre ella, lo que verá es un mar de concreto y construcciones muy pequeñas y muy juntas entre sí, con escasez de áreas verdes hacia su interior, y cuya vegetación la constituyen en su mayoría pequeñas jardineras, unos cuántos árboles con un espacio dedicado para ellos en medio de enormes bulevares, y muy escasos jardines al interior de patios cerrados (la mayoría de las personas en nuestro país, debido a la manera en que aquí se construye, así como a las carencias económicas propias de un país en vías de desarrollo, no poseen el suficiente espacio en sus casas para tener jardines, o cuando menos jardines grandes), todo ello rodeado y encerrado por una ingente cantidad de asfalto.  

Si uno desciende con Street View a ras de calle en cualquier punto de una de estas ciudades, como lo es la nuestra (Puebla), y sobre todo hacia las colonias populares, las zonas pobres, o hacia las periferias, lo que verá es casi siempre desolador: un ambiente reseco, árido, desorden y hacinamiento, casas pegadas y mal construidas, basura, suciedad, contaminación visual, caos humano y vehicular, brillantez intensa debido a que el sol se refleja en un suelo de asfalto desprovisto de vegetación y árboles que hagan sombra, y en general, un entorno no muy agradable que es bien conocido para todos quienes vivimos en este país. Esta constante se repite a lo largo y ancho de toda Iberoamérica, y es una característica del llamado «tercer mundo».  

En el primer caso que hemos mencionado, esto es, de los países desarrollados del primer mundo, se evidencia una buena planeación urbana, que es a su vez una planeación ecológica, mientras que en el caso de nuestros países iberoamericanos subdesarrollados, lo que queda de manifiesto es una pésima cultura ambiental, que a su vez es un efecto de la precaria educación que tenemos, de la pobreza, y de la mezquindad de nuestros sistemas, que en aras de vender y “aprovechar” hasta el último metro cuadrado de espacio, poco les importa el bienestar de una población que vive hacinada y apretujada en un entorno incómodo, irritante, poco digno, que llega en muchos casos a lo apenas habitable, y  que resalta aún más nuestra pobreza material y cultural, lo cual es irónico en un país como el nuestro, tan rico en patrimonio cultural e histórico, así como en biodiversidad y belleza natural. 

Y si bien como hispanoamericanos que somos, hay muchos aspectos culturales y conductas que jamás deberíamos imitar de los países anglosajones o de otros modelos extranjeros, queda claro que, en virtud de lo que en estas líneas hemos descrito de ellos, sí deberíamos en todo caso de copiar su cultura ambiental y convertirla en leyes y en auténticas políticas de Estado, si es que queremos tener una calidad de vida digna, aire limpio, espacios agradables, y no quejarnos del insoportable calor debido a la falta de árboles en nuestras ciudades. 

Nos toca a los ciudadanos trabajar en conjunto con nuestros gobiernos para lograrlo y, sobre todo, exigirles a estos últimos condiciones dignas y óptimas. 

 

 

Miguel Campos Quiroz 

camposquirozmiguel@gmail.com 

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