El placer de tener una biblioteca en casa

Es normal hoy en día tener un libro. La mayoría tenemos unos cuantos, en casa, e incluso quienes no son especialmente ávidos lectores, tienen por ahí, aunque sea un ejemplar, aun cuando no lo hayan leído o incluso jamás lo hayan abierto (cosa muy normal, tristemente, en nuestra cultura mexicana y en general hispanoamericana). Pero casi en cualquier hogar de clase media, y sobre todo donde hay estudiantes, es común encontrar libros. Pero ¿qué tanto apreciamos los libros como posesión de valor?, ¿qué tanto valoramos el hecho de poder tener un libro en casa y poder tener acceso a su contenido en nuestro ámbito privado? 

Si conociéramos un poco de la historia del libro y las bibliotecas, y supiéramos todo lo que ha tenido que suceder a lo largo de siglos para que un libro llegue a nuestras manos en versiones económicas y de bolsillo (o ediciones de lujo para quienes pueden costearlo), dejaríamos de ver al libro como un objeto trivial, que damos por hecho, y empezaríamos a apreciarlo como un verdadero objeto de lujo. 

El libro, tal como existe en el formato que todos conocemos en la actualidad, nació en la Edad Media. Antes de él, existieron otros formatos y soportes, tales como los rollos, los papiros, o mucho más atrás, las tablillas, en donde se plasmaban los conocimientos de la humanidad a través de la escritura, y se atesoraban en grandes centros del saber, como lo fue la legendaria Biblioteca de Alejandría.  

No obstante, repetimos, el libro, tal como lo conocemos hoy, es un invento medieval. Nació en los scriptorium de los monasterios, en donde su elaboración era todo un arte, y en cuyas bibliotecas permanecían para uso exclusivo de los monjes, guardados en armarios, e incluso asegurados con cadenas para evitar sus hurtos, debido al alto valor que tenían. Es verdad que existieron algunas bibliotecas privadas pertenecientes a nobles o aristócratas, pero era muy costoso hacerse con un ejemplar, que generalmente era por encargo y hecho manuscrito por los amanuenses de los conventos, y mediante una manufactura artesanal que hacía difícil que cualquier persona pudiera adquirir uno. De hecho, en ocasiones la posesión de un único libro se convertía en un verdadero tesoro familiar que se heredaba y cuyo valor era muy elevado. Pasarían algunos siglos antes de que se inventara la imprenta y la producción en serie de los libros popularizara su difusión y utilización, y aún no era accesible para todas las personas (por cuestiones de estrato social y también de alfabetización, así como de costo de los ejemplares). 

En la actualidad, se ha vuelto relativamente fácil tener acceso a los libros y a la lectura, tanto por la reducción de los costos de producción, como de los materiales y también de los soportes que en la era digital han surgido, permitiéndonos a todos tenerlos al alcance mediante nuestros dispositivos electrónicos o incluso mediante los famosos PDFs.  

Sin embargo, quienes tenemos el privilegio de poseer una biblioteca privada en casa y volúmenes propios, sabemos que nada se compara con el disfrute que causa el abrir un libro impreso y leerlo en nuestro propio espacio personal. Esta forma de leer representa sin duda muchas ventajas, no sólo porque podemos tener acceso a los volúmenes y a su contenido cada vez que así lo deseamos, sino porque un libro propio podemos también trabajarlo, subrayarlo, hacerle anotaciones que no lo maltratan sino lo enriquecen.  

Pero, principalmente, se trata del gusto de poseer uno o varios libros, de apreciarlos, sabiendo que por mucho tiempo en la historia no fue nada fácil tener uno. No faltaron quienes en su momento los prohibieron o los quemaron, sin dar valor al conocimiento que ofrecían. Y hoy podemos acercarnos a ellos de una manera muy fácil, en cualquiera de los formatos que en la actualidad se nos ofrecen para ello.  

Sabiendo todo esto, quizá empecemos a apreciar más los libros y la lectura, a considerarlos el lujo y el privilegio que verdaderamente son, y todo ello nos motivará a formar nuestra propia colección y biblioteca en casa. 

 

Miguel Campos Quiroz 

camposquirozmiguel@gmail.com 

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