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Al natural: Louvre y su Venus desnuda

Afrodita de Milo, periodo helenístico, “La Venus” Alejandro de Antioquía, Grecia.  Museo de Louvre, París, Francia.  Fotografía de la colección:   “La cámara del arte”, Louvre, año 1999.

 

La roca está ahí, esculpida por el tiempo, por la erosión, por el desgajamiento de sus partículas minerales que poco a poco van descendiendo hacia el suelo y perdiéndose por el viento que las arrastra lejos para formar en los siglos nuevas rocas que se desgasten y transiten en forma de polvos por toda la litosfera planetaria. Al igual que el agua, los minerales también tienen ciclos de una evaporación distinta y una condensación diferente y una pluvialidad más sólida, pero al final ciclos también, al final se renuevan y se reinventan y ven pasar el tiempo y ven surgir y extinguirse las formas de vida. 

Sin embargo, hay hombres y mujeres que no están dispuestos a esperar eones para ver esta transformación mineral. Con cincel y martillo, con las manos y una lima y los líquidos corrosivos de la imaginación, hacen evaporarse las partículas sólidas y destruyen las prisiones que esclavizan y acallan los cuerpos que habitan dentro de los monolitos. 

Hay cuerpos de especies animales, hay órganos humanos como los corazones, hay cuerpos vegetales, hay objetos de inanimada referencia como las columnas que soportan construcciones, hay dioses como Zeus o Poseidón, hay también paisajes y hay productos meramente de la imaginación habitando dentro de estas rocas impacientes pero serenas. 

Y uno de esos cuerpos está hoy en una inacabada realidad dentro del Louvre en Francia, ahí descansa ya fuera de su roca. La Afrodita de Milo exhibe su torso femenino desnudo y una manta que lleva años esperando a resbalar por su pierna flexionada para dejar a la luz de la apreciación su feminidad completa. Pero la manta se niega a terminar el descenso, se adhirió por voluntad de Alejandro de Antioquia para que los espectadores noten esos pliegues en la tela-roca, que se forman por la aceleración de la gravedad. Y el espectador no termina de entender: ¿Por qué no cae la tela?  

El espectador cree con seguridad que aquello es un manta que estaba asida a su cintura y que resbaló porque Afrodita quería desnudarse, sin complejos sociales, sin la moralidad que embriaga al ser humano, Afrodita se quería mostrar tal cual es sin importarle los adjetivos que el hombre ponga a su pecado de habitar sin ropa.  

Afrodita tenía el brazo izquierdo echado hacia atrás desanudando la manta a la altura del coxis y la derecha sosteniendo la manta por un extremo para que cayera al mismo tiempo tras soltarla de ambos lados. Afrodita estaba a tan sólo un instante de quedar con toda la piel blanca absolutamente expuesta a los ojos de la historia y de los revisionistas del arte, Afrodita se sabía a sí misma una obra de arte con cuerpo de mujer, pero no logró su cometido, aún permanece con las piernas cubiertas, ahora sin brazos para evitar la tentación de bajarse la falda, Afrodita mira de lado, se le nota la decepción, pero también el orgullo de que miles de personas la miren y se pregunten qué pasaría si esa tela cae al piso y Afrodita queda desnuda para siempre. 

Afrodita pasa los años y no envejece, y su cuerpo no cambia, Afrodita no sabe que la belleza también se transforma en una belleza que se reinventa y se aprecia desde distintas aristas de la estética, Afrodita vive engañada fuera de su monolito, pero no lo sabe, es feliz porque lo ignora, y seguirá así, en el Louvre, custodiada por la piramidal estructura que flanquea los guiños del hombre que ha jugado a ser Dios: el arte.   

 

 

Eduardo Pineda 

ep293868@gmail.com 

 

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