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El show de Truman

Agustín Ortiz 

 

 

Hoy la idea de la caverna propuesta por Platón es ya sabida por todos: un grupo de hombres han sido aprisionados desde su nacimiento en una cueva, conociendo solamente la pared que tienen enfrente, siendo la misma su idea del mundo. Detrás de ellos hay un pasillo, una fogata y la salida de la caverna al mundo exterior. Las sombras que ellos ven proyectadas en la pared a través del fuego es la única verdad que conocen, lo único que existe dentro de su mente. 

Y eso es todo lo que en ese momento necesitan para concebir al mundo. 

Algo similar ocurre con la realidad: ante la imposibilidad de conocerlo todo, la (re)creamos a partir de lo que sabemos y sentimos, creando dentro de ello un sistema que nos permita ser felices como individuos libres desde el conocimiento y generando nuestra moral, metas y ética a partir de él. 

En 1998 una película se estrenó, una pequeña película que se convertiría en un éxito, uno cuya historia, antojándose en ese entonces en extremo inverosímil, se ha convertido en nuestro día a día a la hora de comprender el mundo: El show de Truman 

Dirigida por el entonces infalible Peter Weir (que venía de éxitos como La sociedad de los poetas muertos, Testigo en peligro y El año que vivimos peligrosamente), la cinta en un principio acaparó titulares no tanto por la premisa sino por su protagonista: Jim Carrey dejaba a un lado los papeles bufonescos y exagerados para usar su histrionismo en una historia de ciencia ficción ante la cual la gente reía al saber de qué trataba; al nacer, un niño es adoptado por una televisora, y toda su vida es transmitida en vivo desde su nacimiento, siendo todos los momentos de su existencia una serie de televisión, éxito en rating, vigilada por un ermitaño productor que experimenta cada segundo el ser un Dios ante este hombre que desconoce que desde su trauma por la muerte de su padre hasta su matrimonio y su mejor amigo son meros designios para avanzar una historia, donde lejos de ser protagonista no es más que un simple producto manufacturado. 

Pero no en todo. 

Porque este sujeto, este hombre llamado Truman, que tiene un trabajo demasiado normal en un pueblo nada normal, es un hombre feliz. Es un hombre lleno de amor que procura ser amable, amar a su círculo, disfrutar cada día, extrañar amores frustrados y ser alguien (aparentemente) libre y conforme con su vida. 

Hasta que un día todo cambia. 

Una lámpara dentro del inmenso estudio que es el pueblo “real” donde vive, cae. Y Truman comprende que quizá no lo sabe todo. 

Qué quizá nunca supo nada. 

Y que ahora quiere respuestas. 

Sin que por eso deba dejar de ser el hombre feliz que le gusta ser. 

Mucho antes de los reality shows, los tik toks, las redes sociales y demás, la idea de Truman Show era la vida diaria convertida en espectáculo, el ciudadano promedio cumpliendo aquello que profetizaba Andy Warhol con su dicho todos serán famosos mundialmente por 15 minutos. 

En ese entonces la gente se reía de ello y hoy es nuestra realidad y es imposible concebirla sin esa idea y sus consecuencias. 

Día a día vemos en redes como Twitter y Facebook, a personas comunes alcanzando la fama por el simple hecho de elegir tomar el control de la narrativa de sus vidas. Tik toks y Vines nos dan la oportunidad de asomarnos a lo que sería la vida cotidiana del sujeto que decide convertir su individualismo en una historia digna de tener espectadores sin tomar en cuenta al otro, siendo lo que para unos puede ser un mero chiste la polémica del otro. ¿Está el sujeto en verdad en control? ¿O son sólo un Truman del cual nosotros somos los dueños del corte final? 

Hay un heroísmo en cada ser humano y siempre habrá ojos para verlo, pero no necesariamente deben ser los de todos, no necesariamente en vigilancia, no que un error humano pueda cambiar tu vida de manera funesta; criticado, juzgado, al veredicto de los juicios en redes. 

Así, a lo largo de cerca de dos horas, vemos a Truman haciendo sentido a la realidad que vivió conservando intacto su espíritu humano, decidiendo ignorar el hecho de que quizá sea la estrella más grande para simplemente seguir esa búsqueda de respuesta siendo quien es. 

Ese del que tantos se prendaron por auténtico. 

Por ignorante. 

Pero bendecido en ello. 

Conservando el asombro hasta el final. 

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